En breve viajaremos a Tanzania y Zanzíbar para disfrutar de sus parques, su naturaleza salvaje y, por supuesto, sus playas de arena blanca en la costa oriental de África.
Esta vez no me lo cuentan, lo cuento. No queda otra que saltar los más de 10.000 kilómetros entre Madrid y Tanzania, qué decir que no se sepa: aeropuertos, pasillos, facturaciones y controles policiales, un cafecito aquí otro allá y si se puede una cabezadita. Ya en kilimanjaro toma de contacto con los que van a ser nuestros conductores en los safaris. Trayecto en jeeps hasta Arusha, kilómetros salpicados de fincas de maíz, casitas o más bien chozas diseminadas por todo el recorrido, repletas de aldeanos yendo y viniendo, labrando, trabajando, charlando, descansando, niños recién salidos de la escuela... Ya en Arusha calles y callejuelas, más de lo mismo, mucha más gente eso si. Tras el trabajo (fundamentalmente agrícola) les gusta pasear y al atardecer la ciudad se convierte en un hervidero de personas. Arusha está enclavada en un lugar privilegiado, a las faldas del monte Meru y rodeada de los paisajes más famosos de África, esos mismos a los que mañana y el resto de los días si...
De nuevo he tenido que robarle a la noche algunas horas de descanso, pero aquí quedan: Tengo delante de mí un lienzo en blanco, quiero concentrar en él la esencia de este viaje. Sin embargo, los colores, la luz y las sombras me atropellan y no sé cómo empezar. ¿Qué color ponerles a las emociones, al cautivador sonido de la naturaleza, a la bellísima sabana o al bosque frondoso y misterioso?; ¿Qué tonos emplear para el equilibrio natural entre vida y muerte?, ¿Cómo definir las experiencias acurrucadas en un rinconcito de la mente y en algunos casos del corazón.? No tengo ni idea, me siguen faltando pinceles para el detalle y colores para las luces. No quiero embadurnar el lienzo con datos porque esos los encontramos en internet. Si quiero acariciarlo con sensaciones. Esto es África, caminos salpicados de casitas, chozas, cobertizos, hombres, mujeres y niños por todas partes, arrozales, plantaciones de maíz, cafetales, masáis con sus vacas o charlando a la sombra de un árbol… y ...
Y esto es lo que me cuentan: Un volcán derrumbado sobre si mismo hace millones de años, una de las siete maravillas naturales de África, un anfiteatro natural de más de 600 metros de profundidad y 260 kilómetros cuadrados. Varios arroyos y manantiales lo drenan y en el centro un lago salado. Sus habitantes, como no: cebras, hipopótamos, rinocerontes, elefantes, ñus, hienas, leones... vida salvaje que va fluctuando con el tiempo. ¡Jambo!, ¡Jambo! , primer sonido swahili de madrugada. Toca rodar por el cráter de este volcán invertido, toca disfrutar de sus inquilinos: miles de flamencos sobre los terrenos pantanosos, leones adormilados y leonas al acecho, cebras pastando y teniendo suerte algún hipopótamo. Irrumpimos en su hábitat y admiramos impresionados su armonía, su aparente tranquilidad y, sin embargo, su naturaleza salvaje. Y seguimos adentrándonos en este hábitat impresionante, no encajamos ni con cola, pero somos curiosos, nos gusta saber, aprender, ...
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